La historia del mate se remonta a tiempos precolombinos. Hace unos 800 años, grupos de pueblos amazónicos, los Ava y los Tupíes, comenzaron a emigrar hacia el sur y al este, llegando a un territorio sin salida al mar, en el actual Paraguay, sudeste de Brasil y norte argentino. Este nuevo pueblo terminó siendo el guaraní (que en el idioma homónimo significa “guerrero”).

Esta región era muy rica en recursos naturales, inundado por miles de kilómetros cuadrados de densa selva e innumerables y sinuosos ríos.

Además de ser grandes cazadores – recolectores y muy buenos guerreros, los guaraníes eran muy conocedores de las plantas locales y sus propiedades.

El árbol de la yerba mate (Ilex Paraguariensis) fue descubierto por el pueblo guaraní, y lo llamaron Caá, que significa planta o selva. Para ellos fue un regalo divino y todo lo relacionado a ello tenía un significado religioso. Cuenta la leyenda guaraní que el dios del universo Tupá les indicó que si consumían esta planta tenía poderes curativos, y para llegar a tenerlos debían seguir rigurosamente algunos pasos: Luego de ser cosechada, debía ser expuesta primero al fuego brevemente, sin quemarlas. En caso contrario perdería sus propiedades. A este proceso los guaraníes lo llamaron “Zapecar”. Luego ellos, secaban las hojas, utilizando humo. Y a este proceso lo denominaron “Barbacuá”.

Ellos lo tomaban en cualquier momento del día, como una bebida caliente. Hay registros que indican que también era usado en rituales religiosos o también para alimentarse antes de hacer largas caminatas por la selva. Los guaraníes usaban calabazas como recipiente y usaban el tacuapí (“Caña lisa”), un palito de madera que servía para poder beberla, con una canastita de bambú en su extremo inferior, el cual hacía de filtro. El tacuapí es la bombilla moderna, hoy de acero inoxidable o alpaca.

Con la llegada de los españoles, durante los siglos XVI y XVII, el pueblo guaraní debió interrumpir esta actividad, ya que los enfrentamientos eran incesantes. Pero luego, a finales del siglo XVII y durante el siglo XVIII, quienes se encargaron de difundir su consumo y sus virtudes por todo el entonces Virreinato del Río de la Plata, fueron los jesuitas. La Orden se llamaba La Compañía de Jesús, quienes misionaron en treinta pueblos, en el sur de Paraguay y norte de Argentina. Ellos observaron el consumo de yerba entre los guaraníes y comenzaron a cultivarla sistemáticamente en dichas misiones jesuíticas.

Los jesuitas lograron algo que durante mucho tiempo parecía imposible: sembrar la planta de la yerba mate en viveros pequeños. Por eso, en algunos lugares la yerba llegó a conocerse como «el té de los jesuitas». Los jesuitas fueron los principales productores de la yerba mate, imponiendo condiciones en su producción y distribución.

Pero en 1767, el rey Carlos III firmó la Pragmática Expulsión, un decreto por el cual todos los religiosos de América debían ser expulsados. Entonces las plantaciones de yerba entraron en decadencia y los secretos jesuíticos sobre los procesos de dicha producción, desaparecieron.

Hasta que casi un siglo después, en 1895, el paisajista y arquitecto francés Carlos Thayss, logró retomar el cultivo de la yerba, logrando implementar los nuevos sistemas de plantación y cosecha.

Para esa época, el pueblo de Apóstoles, en la provincia argentina de Misiones, fue re fundada por inmigrantes polacos y ucranianos, lugar en donde la producción de la yerba mate fue la principal actividad.

Luego, la producción de yerba mate se extendió por el sur de Paraguay, en el sudeste de Brasil, especialmente en los estados de Santa Catarina, Paraná y Rio Grande del Sur, sobre casi todo el territorio uruguayo, y en las provincias argentinas de Corrientes y Misiones, principalmente.